El Brigadier y la Dama Oscura
Este es un fragmento de un libro de Thomas Pynchon galardonado con el National Book Award, el premio de Literatura mas prestigoso despues del Nobel: El Arcoiris de Gravedad.
El Brigadier y la Dama Oscura (Pág. 354):
Es una parte de su rutina, con la que, al menos, ella misma puede disfrutar. Aunque jamás ha leído ningún clásico de la pornografía británica se siente, segura como un pez, bien introducida en la corriente local. Seis en las nalgas, seis más encima de las tetillas. Bueno y ahora, ¿dónde está esa sorpresa como de Reyes Magos? ¿Eh? A ella le gusta el modo en que la sangre salta para atravesar los verdugones de anoche. Con frecuencia es la única distracción que puede ofrecerse para no gemir ante cada uno de los gruñidos de dolor del brigadier: dos voces en una disonancia que sería mucho menos accidental de lo que podría parecer… Algunas noches, ella lo ha ceñido con un fajín de ceremonial, con una forrajera de borlas doradas o con su propio correaje Sam Browne. Pero esta noche él está encorvado en el suelo, sin estar atado por nada salvo por su necesidad de dolor, de algo real, algo puro. Ellos lo han alejado tanto de sus simples nervios… Han puesto ilusiones de papel y eufemismos militares entre él y esta verdad, esta extraña decencia, este momento ante los escrupulosos pies de ella... No, aquí no hay culpa, no tanta como asombro… Asombro de que él haya podido escuchar durante tantos años a ministros, científicos y doctores, cada uno con sus mentiras especializadas, habiendo estado ella siempre aquí, segura de ser dueña del decadente cuerpo de él, su verdadero cuerpo: el que no está disfrazado con el uniforme ni atiborrado de drogas para guardarse los comunicados de vértigo de ella, las náuseas y el dolor… Por encima de todo, del dolor. La poesía más clara, la palabra más cariñosa de más valor…
Él se esfuerza por ponerse de rodillas y besar el instrumento de su flagelación. Ahora ella está por encima de él, con las piernas separadas, la pelvis hacia delante, el capotillo de piel reposando sobre sus caderas y abierto por ambos lados. Él se atreve a mirar su vulva, ese vórtice terrible. Su vello púbico está teñido para la ocasión. Él suspira y deja escapar un leve gruñido vergonzoso.
- Ah…, si ya sé – dice ella riendo -. Pobre y mortal brigadier, ya sé. Es mi último misterio – se acaricia la vagina con las uñas -. A una mujer no se le puede pedir que revele su último misterio, ¿verdad?
- Por favor…
- No. Esta noche, no. Arrodíllate y recibe lo que te dé.
A su pesar – ya es un reflejo –, mira rápidamente de reojo las botellas que hay sobre la mesa, los platos manchados con jugo de carne, salsa holandesa, trozos de cartílago y hueso…
La sombra de la mujer cubre todo el rostro y la parte superior del torso de Pudding, las botas de cuero crujen suavemente mientras ella mueve los músculos abdominales y de los muslos; luego, de repente, comienza a orinar. Él abre la boca para recibir el chorro, se ahoga, intenta seguir tragando, siente que la cálida orina gotea por los bordes de su boca y baja por su cuello y sus hombros, sumergido en la sibilante tormenta. Cuando ella termina, él chupa las últimas gotas de los labios. Algunas cuelgan, todavía con una dorada claridad, de los lustrosos pelos de la entrepierna de ella. El rostro de la mujer, que asoma entre sus pechos desnudos, es tan suave como el acero.
Ahora da media vuelta y dice:
- Sujeta las pieles que llevo puestas – Pudding obedece -. Ten cuidado. No toques mi piel.
Cuando todo esto comenzó, al principio del juego, ella estaba nerviosa porque se notaba estreñida, y se preguntaba si eso sería semejante a la impotencia masculina. Pero Pointsman el previsor, anticipándose a tal posibilidad, le envió unas píldoras laxantes con la comida.. Ahora sus intestinos se quejan suavemente y siente que su contenido empieza a bajar y a salir. Pudding está arrodillado con los brazos extendidos, sujetando el elegante capotillo de piel. Un oscuro mojón aparece por la hendidura, en la absoluta oscuridad entre sus blancas nalgas. Él abre las rodillas, torpemente, hasta que siente el cuero de sus botas. Se inclina hacia delante para rodear el caliente mojón con los labios; lo chupa tiernamente, lame su extremo inferior…, está pensando, lo siente, no puede remediarlo, pensando en el pene de un negro… Sí, sabe que esto anula parte de las condiciones establecidas, pero no puede negársele… La imagen de un bruto africano que le haría hacer… El hedor a mierda inunda su nariz, lo rodea, se apodera de él. Es el olor de Passchendaele, del Saliente. Mezclado con el fango la putrefacción de los cadáveres, fue el olor reinante durante su primer encuentro y el emblema de ella. El mojón cae en su boca, baja por su gaznate, siente náuseas, pero aprieta valientemente los dientes. Pan que sólo hubiera flotado en las aguas de algún retrete, sin ser visto, sin ser probado…, elevado y cocinado ahora en el amargo Horno intestinal hasta convertirse en el pan que conocemos, ese pan tan ligero como la comodidad doméstica., secreto como la muerte en cama… Continúan los espasmos en su garganta. El dolor es terrible. Con la lengua aplasta la mierda contra el paladar y se pone a masticar, espesamente: el único rumor en la sala…
Aún quedan otros dos mojones, más pequeños y, cuando ha terminado de comérselos, debe lamer los residuos que quedan en el ano. Espera a que ella le permita cubrirse la cabeza con el capotillo para poder, en la oscuridad forrada de seda, permanecer un rato más con su sumisa lengua hurgando en el agujero de su culo. Pero ella se aparta. La piel del capotillo desaparece de las manos del viejo. La mujer le ordena que se masturbe. Ha visto al capitán Blicero con Gottfried y ha aprendido el estilo adecuado. El brigadier eyacula enseguida. El rico olor del semen llena la habitación como si fuera humo.
- Ahora vete. –Él siente ganas de llorar. Pero ya ha suplicado en otras ocasiones, le ha ofrecido, absurdamente, su vida. Las lágrimas que inundan sus ojos se desbordan cara abajo. No puede mirar los de ella.
- Aún tienes el borde de la boca lleno de mierda. Quizá te tome una fotografía así. Para el caso de que alguna vez te hartaras de mí.
- No. No. Sólo estoy harto de eso. –Sacude la cabeza en direccion al exterior del Ala D, como si quisiera con ese gesto abarcar todo el resto de “La Visitación Blanca”- Tan condenadamente harto…
- Vístete. No te olvides de limpiarte la boca. Haré que te busquen cuando te quiera de nuevo.


4 Comments:
Mi buen amigo LST1984:
Eres el mejor y cada día te quiero más.
Un beso en el culo.
Luis para ti, Miguel mio. Con gusto recibo tu beso y todos los que me quieras dar de mas.
Si te gustan los besos en el culo, yo te doy otro, asi somos dos, ¿que te parece?
Exquisito, pero te olvidaste el estilo adecuado: "masturbándose metronómicamente según las órdenes gritadas por el capitán Blicero."
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