Cambios y no tanto:
Uno de mis mejores amigos de estos últimos años y que además vivía a dos manzanas de mi casa se muda a 40 kilómetros y dos zonas de “Abono Transportes” de distancia.
“No, pero seguiremos quedando como antes” pero ambos sabemos que no, que pese a tener realmente poco en común en gustos, carácter y pasado, una amistad asombrosamente sólida y comprometida va a diluirse en el aire del recuerdo a nada que pasen un par de años. ¿Y que esperaba? ¿Qué durase para siempre? No, pero me quejo igual y quien me llame ingenuo puede saber que me la sopla ampliamente.
Además y gradualmente me voy desprendiendo de los últimos restos de la mayor decepción (y supongo que no la última de lo que se perfila como una larga lista) que he sufrido hasta la fecha, y aunque se acerca un año que quiero que sea memorable, me temo que será poco más de lo mismo.
Pero “la vida es lo que uno hace de ella” y yo no quiero pasármela preguntándome qué habría pasado si yo… lo que sea.
Si me salió bien el examen de Lógica que afronté con una preparación escasa (y eso ya es concederme demasiado) pasaré limpio a segundo y si hay suerte el año que viene intentaré irme de Erasmus a Alemania. Pero depende de mi, depende de que la maldita vergüenza quede atrás y me deje saltar y descubrir qué hay abajo… o dármela, pero al menos lo sabré.
Por ahora, y hasta que sea el momento de saltar, voy a compartir una descripción de un viaje en tren que me asombró, de Thomas Pynchon, ¿quien si no?.
El arcoiris de la Gravedad (pag. 388):
Una semana más tarde está en Zurich, tras un largo viaje en tren. Mientras las criaturas metálicas, en su soledad, días de enclaustramiento y neblina constantes, se pasan las horas imitando, jugando a las moléculas, remedando su síntesis industrial, su rotura, su unión, su acoplamiento y su nuevo acoplamiento, él dormita, dormita entrando y saliendo de una alucinación en el teatro de los Alpes: abismos, túneles, esfuerzos increíbles para escalar pendientes imposibles, cencerros en la oscuridad, terrenos verdes por la mañana, olores de húmedas praderas, siempre a través de las ventanas una brigada de hombres sin afeitar ocupados en reparar un trozo de la vía, largas esperas en las estaciones ferroviarias de clasificación, donde los rieles se extienden como las líneas que muestran las capas de una cebolla al ser cortada por la mitad, de punta a punta, lugares grises y desolados, noches de silbatos, de acoplamientos, de estrépitos, de vías muertas, atardeceres de vacas de mirada fija en las laderas de las colinas, convoyes militares esperando en los cruces mientras el tren resopla, en ninguna parte se observa jamás un claro sentido de la nacionalidad, ni siquiera de los lados beligerantes: sólo existe la Guerra, un único y dañado paisaje, en el cual la «Suiza neutral» constituye una convención no demasiado clara, que se observa con tanto sarcasmo como la «Francia liberada», la «Alemania totalitaria», la «España fascista» y cosas así.

